El miedo de Occidente

La caída del gobierno de Ben Ali en Túnez y las protestas contra el de Mubarak en Egipto enfrentan a los países occidentales a su miedo e indecisión ante el mundo islámico.

No hace tanto tiempo, todo el mundo recibió con alborozo la “primavera democrática” que siguió a la Caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética.

Eran los años noventa y el “Nuevo Orden Mundial” parecía inexorable. Francis Fukuyama habló del Fin de la Historia. El mundo no podía sino deslizarse hacia el modelo de democracia occidental que había derrotado al totalitarismo soviético. Las dictaduras comunistas transitaron hacia sistemas democráticos y economías de libre mercado, arrastrando problemas estructurales que lastran aún a muchos de esos regímenes, y que explican en buena medida la involución de, por ejemplo, la Rusia de Putin y Medvédev.

En Asia, unos cuantos países también emprendieron sus aperturas políticas y, sobre todo, comerciales. Al igual que en la Europa del Este, los avances de los “dragones” se unen a situaciones duales como la de la propia China -cuya decisión frente a la apertura política quedó clara en Tiananmen-

La práctica totalidad de América Latina, con la excepción cubana, avanzó en la construcción o consolidación de sistemas democráticos más o menos abiertos. Hoy, sin embargo, asistimos al debilitamiento de los sistemas democráticos de manos de los Estados autodenominados “bolivarianos”.

En aquellos años ’90 sólo el mundo islámico parecía -casi- totalmente refractario a esa tendencia. La mayoría de sus países mantenían autócratas, laicos o religiosos, republicanos o monárquicos, en el poder. Bajo la superficie, crecían tensiones bañadas en religión, pobreza, despotismo, resentimiento e irredentismo.

Occidente, incluido su campeón, Estados Unidos, fue incapaz de definir una línea de acción. Unos días optaba por apoyar la falsa seguridad que ofrecían la estabilidad –de las tiranías conocidas- y otros por el reformismo democrático –de movimientos ignotos y muy distintos en cada país-.

El 11 de septiembre de 2001 cristalizó la idea del choque de civilizaciones de Hungtington, y los Estados Unidos, con algunos aliados, decidieron que si la democracia no brotaba por si sola en Oriente Medio debía ser impuesta. Iraq y Afganistán fueron, han sido y aún son los laboratorios de prueba.

Y si durante un muy breve momento pareció que el objetivo de un Gran Oriente Medio, reformista y democrático podría ser, el estallido de la insurgencia en Iraq, acabó con aquella “Agenda de la Libertad“. Oriente Medio se sumió en el caos del que no se ve una salida cercana. Los autócratas explotaron en su favor la coyuntura para afianzar su dominio y aumentar la represión, bajo la bandera la de “Guerra contra el terrorismo”.

Para evitar la crítica de la comunidad internacional esos tiranos ofrecieron una disyuntiva -falsa-: o ellos -representantes del status quo al fin- o los islamistas radicales alcanzarían el poder.

Los moderados quedaron expulsados del juego político en el mundo islámico. Mubarak, Gaddafi, los Assad, los Saud limitaron cualquier petición de cambios democráticos o reformas que pudiese demandarles Estados Unidos y la comunidad internacional. Farsas despóticas, corruptelas, que celebran elecciones amañadas fueron aceptadas como si de democracias legítimas se tratase.

Inesperadamente, los acontecimientos en Túnez, con su replica ampliada en Egipto toca de nuevo el miedo a tomar partido en el dilema entre estabilidad o democracia. Hoy, las “primaveras democráticas” no despiertan optimismo, sino recelo.

Occidente teme que los viejos dictadores consigan reprimir a los opositores y todo siga igual. Teme que los radicales derriben a los gobiernos déspotas y nazca un bloque de teocracias islámicas. Teme que el estallido se convierta en conflicto interno sin salida.

Mientras los actores moderados, esos que quedaron aplastados bajo voluntades radicales y designios autoritarios de todo pelaje, siguen siendo olvidados. Ellos, que representan la mejor opción para sus países y para los demás.

Occidente no puede permitirse abandonarlos de nuevo a su suerte ni ahogarlos con su abrazo. Toca identificar a los posibles aliados en el mundo islámico que quieran dar la cara para establecer verdaderas democracias. Si es que todavía quedan y están dispuestos a confiar en Occidente.

MBL

(texto publicado el 4 de febrero de 2011)

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